¿Es importante eso de la santidad?

Marian Serrano – Mateo González (salesianos.edu)

El documento

El día 9 ha visto la luz la tercera Exhortación Apostólica firmada por el papa Francisco, tenemos el título y el tema: ‘Gaudete et Exsultate’, sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo. Es innegable que las dos anteriores han dado mucho de qué hablar en estos años de pontificado. La primera de ellas ‘Evangelii Gaudium’ sobre “el anuncio del Evangelio en el mundo actual” (2013) recoge los aspectos claves de la propuesta pastoral del Papa que la Iglesia necesita: una Iglesia en salida, la necesaria renovación y conversión pastoral, una espiritualidad misionera, la lucha contra la mundanidad espiritual, la fuerza de la predicación y del compromiso, la acogida y la inclusión incondicional… Todos ellos elementos que son la brújula del Papa y de los agentes evangelizadores del todo el mundo.

La segunda exhortación, por más esperada que fuera al recoger los trabajos de los sínodos de la familia, sigue dando mucho de que hablar dos años después. Se trata de ‘Amoris laetitia’ sobre “el amor en la familia” (2016). Un documento que suscita recelos en un sector de la Iglesia que señala un auténtico cisma por su forma herética de afrontar el matrimonio, la vida moral y la recepción de los sacramentos.

Tiempos atrás sería impensable oír a un cardenal bromear con el tema: “Me entristece que mis hermanos cardenales pierdan tiempo en buscar herejías en Amoris laetitia”, titulaba esta web días atrás con las palabras del cardenal Óscar A. Maradiaga. “Es una pena que la exhortación sobre la familia cale más entre los laicos que entre los curas”, afirmaba el purpurado.

No sé qué ruido mediático acompañará a este nuevo documento, pero la santidad es una meta apasionante que implica a todo el cristiano. Su moral, su vivencia de los sacramentos, su relación con Dios, su compromiso con el mundo, su implicación en la comunidad eclesial… dependen de que nos tomemos en serio este reto que Jesús nos lanza.

El Concilio

El gran incremento de beatificaciones y canonizaciones de las últimas décadas es, al menos en parte, fruto de una visión renovada de la santidad que se fraguó en los tiempos del Vaticano II. El exponente más claro es el capítulo quinto de la constitución ‘Lumen Gentium’ dedicado a la “universal vocación a la santidad en la Iglesia”. Situado a tras el capítulo que presenta una nueva teología del laicado, los cuatro puntos que componen el apartado, presenta un modelo de santidad que va más allá de las figuras de altar. Una santidad que compromete a todos: presbíteros, diáconos, esposos y padres, los enfermos o los que sufren, y “todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida” (núm. 41). Una santidad basada en el seguimiento de Jesús y en la puesta en práctica de los mandatos evangélicos.

Precisamente, para Pablo VI, esta propuesta de la santidad como meta para todos fue “la característica más peculiar y la finalidad última del magisterio conciliar”, como señaló en el Motu proprio ‘Sanctitas clarior’, en 1969. Para Juan Pablo II, la santidad es el auténtico programa de acción de la Iglesia para el tercer milenio. El papa polaco reconoce también esta emergencia de la santidad a partir del Vaticano II: “el Concilio Vaticano II ha dedicado palabras luminosas a la llamada universal a la santidad. Bien puede decirse que es ésta la consigna primaria entregada a la Iglesia por un Concilio celebrado para fomentar la renovación evangélica de la vida cristiana”, escribió en la Exhortación apostólica ‘Christifideles laici’ de 1988.

También la cuestión ha sido una idea recurrente para Benedicto XVI que incluso dedicó un ciclo de catequesis, durante dos años, a algunas figuras de santos y santas. En su última audiencia al respecto, la del 13 de abril de 2011, trató de ofrecer su idea de santidad. Para el papa emérito, “Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado; han dejado que Cristo aferrara tan plenamente su vida”. Y se preguntaba: “¿Cuál es el alma de la santidad?”. Y respondía: “la caridad plenamente vivida”.

“El don principal y más necesario es el amor con el que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo a causa de él. Ahora bien, para que el amor pueda crecer y dar fruto en el alma como una semilla buena, cada cristiano debe escuchar de buena gana la Palabra de Dios y cumplir su voluntad con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en la sagrada liturgia, y dedicarse constantemente a la oración, a la renuncia de sí mismo, a servir activamente a los hermanos y a la práctica de todas las virtudes”, explicitaba.

Un adolescente

Los ejemplos de santidad son tantos. De ayer y de hoy, de cerca o de lejos, en momentos buenos y en las peores circunstancias… Pero me quedo con el ejemplo de un joven santo del XIX.

Un muchacho que entendió la cotidianidad de la santidad y la fuerza del acompañamiento para hacer de él una persona mejor: Domingo Savio. Un santo de 14 años que se entregó a Dios en el día a día cumpliendo con sus compromisos humanos y, por lo tanto, cristianos.

Alumno de Don Bosco en Turín desde su primer encuentro con el santo de los jóvenes su amplio horizonte de vida cristiana quedó de manifiesto. El joven Domingo acudió con su padre a un encuentro al pueblo natal de Don Bosco que estaba de excursión con sus muchachos en el otoño de 1854. Es el propio sacerdote el que narra el encuentro:

Su rostro alegre y su talante risueño y respetuoso me llamaron la atención. Pronto advertí en aquel chaval un corazón grande y transparente y quedé maravillado de como lo había ya enriquecido la gracia de Dios a pesar de su tierna edad.

– ¿Quién eres? – le dije- ¿De dónde vienes?

– Domingo Savio; venimos desde Mardonio.

Después de un buen rato de conversación, y antes de que yo llamara a su padre, me dirigió́ estas textuales palabras:

– Y bien, ¿Qué le párese? ¿Me lleva usted a Turín a estudiar?

– Ya vemos; me parece que eres “Buena Tela”.

– ¿Y para que podría servir el paño?

– Para hacer un hermoso traje y regalarlo al Señor.

– Así́, pues, yo soy la tela; sea usted “El Sastre”; lléveme pues, con usted y hará́ de mí un “Traje para el Señor”.

– Mucho me temo que tu debilidad no te permita continuar los estudios.

– No tema usted; el Señor, que hasta ahora me ha dado salud y gracia, me ayudara también en adelante.

– ¿Y qué piensas hacer cuando hayas terminado los estudios de latinidad?

– Si me concediera el señor, tanto favor, desearía ardientemente abrazar el sacerdocio.

– Esta bien; quiero probar si tienes suficiente capacidad para el estudio; toma este librito, estudia esta página y mañana me la traes aprendida. Dicho esto, lo dejé en libertad para que fuera a recrearse con los demás muchachos, y me puse a hablar con su padre. No habían pasado aun ocho minutos cuando, sonriendo, se presenta Domingo y me dice:

– Si usted quiere, le doy ahora mismo la lección.

– Tomé el libro y me quedé sorprendido al ver que no sólo había estudiado al pie de la letra la página que le había señalado, sino que entendía perfectamente el sentido de cuanto en ella se decía.

– Muy bien, te has anticipado tú a estudiar la lección y yo me anticiparé en darte la respuesta. Sí, te llevaré a Turín, y desde luego te cuento ya como uno de mis hijos; empieza tú también desde ahora a pedir al Señor que nos ayude a mí y a ti a cumplir su santa voluntad. No sabiendo cómo expresar mejor su alegría y gratitud, me tomó la mano, me la estrechó y besó varias veces, y al fin me dijo:

– Espero portarme de tal modo, que jamás tenga que quejarse de mi conducta.

Cuestión de puntadas y artesanía en la vida ordinaria. Una versión de estos diálogos entre el joven y el presbítero lo tenemos en este fragmento de la película ‘Don Bosco’: