TESTIMONIO FAMILIAR

Puntos cardinales

Hoy me lo vas a permitir. Rompo las fronteras entre tu mundo y el mío. Atravieso límites para que seas feliz. ¿Me dejas acompañarte a dibujar el mapa de tu mundo?

Lo primero que has de explorar es un norte. El norte te habla de Dios. Porque hablar de Dios es hablar de ti, de vocación, de lo que te hace tú, de tu lugar en el mundo, de todo a lo que estás llamado. Recorrer el norte es orientarte a la misión, al voluntariado, al servicio a los otros. Por eso: date, sirve… Ama. Sin medida. Busca el rostro de Cristo en las caras de la gente, de los pobres, de los más desfavorecidos. Sólo así tu brújula podrá reorientarse y apuntar en la dirección correcta.

Después, has de dirigir los pasos hacia el sur. Un sur confortable, cercano, acogedor. El sur del abrazo, el sur de la complicidad, el sur del roce y las reconciliaciones. Un sur que trazamos por el camino del acompañamiento, de la confianza que surge de las relaciones personales vividas con autenticidad, que es como se trazan las cosas de verdad. Por eso allí, en el sur, guarda a tus referentes, a la comunidad: la fe que no puede ser sentida en solitario, sino que ha de ser vivida, compartida y celebrada con otros, con esa capacidad que tiene lo comunitario de hacernos sincronizar sonrisas y emociones. Disfruta del sur, déjate iluminar por su luz, apuesta por tu comunidad y hazte fuerte en ella.

A un lado, como todo lo que brota de lo profundo, has de mantener siempre tu este. El este es el lugar donde siguen naciendo todas las cosas. La luz, todo lo que vino, lo que viene y lo que vendrá. Tus proyectos, tus metas, tus sueños. Nace de nuevo cada día, saborea el deseo de Dios en experiencias activas y concretas. No te conformes nunca, pues la vida nace cargada de esperanza aunque a veces se dirija hacia el poniente de nuestra inseguridad, aunque sientas que detrás de toda luz siempre viene, bien pegadita, su sombra.

Y es que por último, aunque no te guste admitirlo, también has de recorrer un oeste. El salvaje oeste, sí. El que oculta lo desconocido, lo inesperado. Un lugar silencioso, solitario y con espacios, aunque no por ello un lugar que no debas habitar. Un sitio que te va a hablar de libertad, de tiempo, de instantes que siempre se necesitan para uno mismo. Un oeste lleno de extrañezas, de cuestiones a veces sin respuesta. El oeste tiene mucho que decirte: escúchalo. Fórmate, prepárate, haz(te) preguntas, exige(te) respuestas.

Como ves, en este Reino somos ciudadanos el uno del otro. Por eso, te pido que jamás me extradites, que me des asilo político y que me dejes adoptar esta nacionalidad. La tuya, la mía, la nuestra. Porque cuando hablamos en salesiano, tú, querido joven, eres mi lugar en el mundo.

Marián Chávez Ramos

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