El Difícil arte de hacer simplemente lo que toca

Begoña Rodríguez (El rincón de Mama Margarita; salesianos.info)
No cuento nada nuevo si a unos padres les digo que tener un hijo genera momentos muy buenos y otros un poco más difíciles, pero acabo de tener una conversación con el segundo de mis hijos que me ha descolocado por completo y me ha serenado también provocando un agradecimiento profundo por haber podido acompañarlo todos estos años.

Tiene 16 años y acaba de terminar su etapa en Secundaria:

-Mami, solo te llamo para decirte que acabo de hacer mi último examen de la ESO y que sin ti no hubiera llegado hasta aquí, probablemente sería una persona mucho más triste, más amargada, hubiera repetido y no sé cuántas cosas más. Gracias, mami, y perdón por todo lo que te he hecho sufrir.

Me dejó sin habla, estupefacta, a la cabeza se me venían las tardes repitiendo portadas que no hacía bien, mejorando la letra, inventando juegos para aprender a dividir o multiplicar, yo sí que le había hecho sufrir, esa era al menos mi sensación. Tiene TDA y muy buenas capacidades por lo que no podíamos permitir que dejara de intentarlo, que luchara, que diera lo mejor de sí mismo en cada momento. Pero muchas veces creí estar exigiendo demasiado, pensaba que tanta lucha no llevaba a ningún sitio, que yo me cansaba, él se cansaba y había tardes en las que no podíamos ni jugar porque no daba tiempo. No todas fueron así, también hubo risas, bocadillos de Nocilla, lecturas compartidas…

No ha sido fácil pero hemos hecho lo que tocaba hacer, simplemente eso, para mi marido y para mí fue la máxima durante este tiempo, en cada momento lo que toque, aunque cueste, aunque no apetezca… Creo que Nacho ha mirado hacia atrás y de pronto ha comprendido todos los enfados, los consejos, el esperar en silencio, las dudas, los “te quiero, ¡tú puedes!, no podemos rendirnos, yo estoy aquí, no estás solo, ¡levanta!, hoy no sales, cuando recojas tu cuarto…” Frases de madre (y de padre, por supuesto) Ha mirado atrás y nos ha visto acompañando, con más o menos arte, disfrutando cada éxito y rumiando cada fracaso, y entonces, creo, ha valorado el límite, la exigencia, el “NO” claro cuando algo le podía perjudicar y él no era capaz de verlo, la celebración con helado en la cena cuando llegaba al 9. Y ha mirado por largo rato y ha visto el cariño hecho familia, y se le ha revelado inmenso, poderoso, capaz de obrar el milagro que toda persona necesita para seguir adelante.

Se vio transformado, “he madurado, mami”, y se gustó, lo que agradeció su mermada autoestima por tanto obstáculo a superar.

Casi no pude hablar con él porque me emocioné mucho solo pude decirle: Gracias a ti, hijo, por dejarme acompañarte, tú has sido el protagonista, has hecho cada examen, cada trabajo, el mérito es tuyo.

Y me dice con la voz más dulce que le he escuchado en esos 16 años: no, mami, “tú y yo iremos siempre a medias”.

Sé que seguirán las discusiones y otros problemas que irán viniendo pero tendré fuerza porque me la ha dado toda con esa última frase. Y es que tiene razón: en la vida todo se puede superar si sientes que alguien va contigo a medias. GRACIAS, NACHO.

La foto que ilustra esta reflexión es del cole de Soto, donde estudia Nacho, y el gesto que nuestro querido Don Bosco le hizo a Miguel Rúa.